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Dulces de circo

Los sabores que hicieron inolvidables las Fiestas Patrias en el Perú


Hay recuerdos que no necesitan fotografías para volver a nosotros, como los dulces de circo. Basta el aroma de un algodón de azúcar recién preparado, el brillo rojo de una manzana acaramelada o el sonido de una bolsa de canchita abriéndose bajo la enorme carpa de un circo.

Para muchos peruanos, especialmente quienes crecieron entre los años ochenta y noventa, las Fiestas Patrias no solo significaban desfiles, reuniones familiares o la tradicional parada militar: también marcaban el inicio de la esperada temporada de circos.

Aunque el circo llegó al Perú mucho antes, fue durante el siglo XX cuando la costumbre de instalar grandes carpas en julio se convirtió en una verdadera tradición. Con el paso de los años, nombres como Fuentes Gasca, Tihany, Circo Ruso, Royal Dumbar, Egred o La Tarumba, despertaban ilusión apenas aparecían sus coloridos afiches en las calles. Cada familia tenía su favorito, y asistir al circo era casi un ritual que reunía a grandes y chicos durante las vacaciones por Fiestas Patrias.

Pero antes de que comenzara la función ya existía otro espectáculo: el de los puestos con los dulces de circo. El aire se llenaba del inconfundible perfume del algodón de azúcar girando sobre la máquina, las manzanas acarameladas brillaban como si estuvieran cubiertas de vidrio y las bolsas de canchita competían con las garrapiñadas y el maní confitado por conquistar a los más pequeños. No importaba si uno iba por los trapecistas, los payasos o los malabaristas; salir del circo sin un dulce en la mano parecía simplemente imposible.

Entre todas esas golosinas también estaban los caramelos y las tradicionales paletas artesanales, que acompañaban la función de principio a fin. Eran dulces sencillos, duraderos y fáciles de compartir, muy distintos a muchas golosinas actuales. Su encanto estaba precisamente en esa simplicidad: un caramelo podía durar toda la presentación mientras los niños seguían con la mirada cada acto bajo la gran carpa.

Como ocurre con muchas costumbres, el paso del tiempo también transformó a los dulces de circo. Algunas golosinas fueron desapareciendo poco a poco o dejaron de ser tan comunes. Hoy es frecuente encontrar popcorn de sabores, gomitas, chocolates importados, bebidas heladas y una mayor variedad de productos industrializados. Sin embargo, el algodón de azúcar, las manzanas acarameladas y los caramelos siguen ocupando un lugar especial en la memoria colectiva de varias generaciones.

Quizá esa sea una de las razones por las que la temporada circense continúa despertando tanta emoción. Más allá de las luces o de los espectáculos internacionales, el circo sigue siendo un espacio donde los recuerdos familiares se mezclan con pequeños detalles que permanecen casi intactos. Un dulce compartido entre hermanos, una paleta elegida con paciencia o el inevitable pegote de azúcar en las manos forman parte de una experiencia que muchos conservan con cariño.

Afortunadamente, todavía existen artesanos y emprendedores que mantienen vivas esas tradiciones, elaborando caramelos y dulces con el mismo cuidado que hace décadas. Gracias a ese trabajo, algunos sabores que parecían destinados a desaparecer continúan acompañando las temporadas de circo y siguen formando parte de celebraciones que reúnen a miles de familias peruanas cada mes de julio.

Las Fiestas Patrias cambian con cada generación, aparecen nuevos espectáculos y también nuevas golosinas. Pero hay algo que permanece intacto: esa mezcla de emoción, nostalgia y alegría que solo un circo puede despertar. Quizá por eso, cada vez que volvemos a probar uno de aquellos dulces de nuestra infancia, sentimos que por un instante regresamos a esa noche en la que las luces se apagaban, sonaba la música y la magia comenzaba bajo la gran carpa.